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Aquella bella canción de Aguilé, que llegó a interpretar Celia Cruz, evocaba las adversidades y sufrimientos de los cubanos que tuvieron que dejar la Isla tras la llegada de la revolución castrista. Hoy, medio siglo más tarde, varios presos políticos han sido excarcelados e inmediatamente expulsados de su Patria. En cualquier caso, tanto aquellos primeros cubanos como éstos últimos, sus compatriotas deportados, han salido de Cuba en contra de su voluntad y forzados por un régimen que los menosprecia. La crisis institucional y el colapso de su economía obligan a Cuba a mejorar las relaciones con el mundo democrático y Europa en particular, en busca de apoyos para apuntalar las vencidas estructuras del régimen. Por tanto, debemos diferenciar entre reformas impuestas por las circunstancias coyunturales y el propósito sincero de avanzar en materia de derechos humanos y libertades fundamentales. En este sentido, todo el mundo trata de interpretar a su manera el debate suscitado en relación al levantamiento, o no, de la Posición Común europea o el acercamiento exploratorio de espacios de negociación. Hemos de recordar que la Posición Común fue adoptada en 1996 y no implica sanciones económicas ni privaciones que dañen al pueblo cubano. La Posición Común defiende los derechos del pueblo al condicionar las relaciones con La Habana al respeto de los derechos humanos y libertades políticas y civiles.

Por ello, resulta en sí mismo contradictorio presumir de unas excarcelaciones políticas cuando primero se constata que subsiste la represión política y segundo se les impide incorporarse a su vida civil en su Patria y entre los suyos. En su caso, la desaparición del concepto de preso político y la incorporación de éstos a un estatus de ciudadanos libres, podrían asumirse desde Bruselas como gestos encaminados a una apertura gradual del régimen. Pero asistimos a una situación ya acontecida tiempo atrás en diversas ocasiones, y es que en las sucesivos momentos que el régimen ha mostrado gestos con formas democráticas, como la autorizada visita del Papa Juan Pablo II, ha terminado entroncándose más en sí mismo y eso sí, ha ganado tiempo dividiendo a la opinión occidental. El mismo tiempo que han perdido varias generaciones de cubanos excluidos de su condición natural de hombres libres. Así pues, el recuerdo de las esperanzas traicionadas en el pasado alimenta hoy un profundo escepticismo. Cualquier gesto de apertura se ha debido, hasta la fecha, a reformas impuestas por circunstancias coyunturales con el objeto de garantizar la supervivencia del régimen y en ningún caso con el propósito de avanzar en el reconocimiento de los derechos humanos. La esperanza del pueblo cubano está depositada en gran medida en la fortaleza occidental ante la dictadura castrista. La posible quiebra de la Posición Común de la Unión Europea eternizaría el status quo del régimen y sobre todo debilitaría a la oposición interna.

La escasa influencia de la Unión Europea en el mundo, como actor internacional, se debe a posiciones debilitadas por su división interna. Cuba es la oportunidad de mostrar al mundo que Bruselas es algo más que un mercado y que la unión política, es el alma de su existencia. Un espacio democrático que agrupa a veintisiete estados debe ser un referente en la garantía de los derechos fundamentales de la persona en el mundo.

En cualquier caso son tiempos para que, como nos dijo en Valencia el presidente Francisco Camps, pensemos en el día después preestablecido en la citada Posición Común europea que exhorta a una transición pacífica que deberá ser protagonizada por la sociedad civil, vertebrándose en el tiempo necesario y suficiente un sistema de partidos libres que inicie el camino de la consolidación democrática de Cuba. Los premios Sajarov concedidos por el propio Parlamento Europeo a Oswualdo Payá Sardiña, las Damas de Blanco y a Guillermo Fariña Hernández, establecen los límites entre Bruselas y la Habana. Sobrepasarlos sería incurrir en una terrible contradicción interna, premiando unas posturas de disidencia y simultáneamente ignorándolas en la negociación con el régimen.

Escenificar un gesto democrático para que a medio plazo nada cambie, equivale a deportar presos políticos a cambio de imagen. Todo parece transportarnos a aquella máxima de Tancredi en el Gatopardo, si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie.

*Rafael Ripoll es secretario autonómico de Relaciones con el Estado y con la UE. También firma este artículo José Luis García Paneque, licenciado en Medicina, recientemente deportado por el Gobierno de Cuba
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