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Razón tenía Celia Cruz cuando cantaba que la vida era un carnaval, porque no menos que una comiquería propia de La Tremenda Corte es la elección de la tiranía militar de los Castro en la Vicepresidencia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, propulsada por los regímenes pro autoritarios capitaneados por Chávez e inmoralmente respaldada por varias democracias latinoamericanas. Fue poner a Trespatines en el papel de El Tremendo Juez, el absurdo total. Y es que vivimos tiempos orwellianos, en que impera el “doble pensar” y se estila la “neohabla”, así que todo significa su contrario, y en un tiempo así ¿no es emblemático que la única dictadura militar que sobrevive en América Latina, con un historial aberrante de violaciones a los derechos de las personas y en donde existe esa figura seudolegal del predelito que permite cualquier abuso, cualquier atropello (aunque tampoco necesitan excusas formales para ensañarse con alguien), precisamente esa tiranía proterva sea la que se lleve a la vicepresidencia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU?

Es obvio, además, que es un disparate hablar de que Cuba, la víctima, fue la electa: fueron electos sus victimarios, sus verdugos. Pero esto es también “neohabla” orwelliana de la mejor: el verdugo asume la representación de la víctima. Los gobernantes latinoamericanos incurren en dos conductas a cual más vergonzosas: el oportunismo y la inmoralidad, al respaldar a la dictadura militar de los Castro, denunciada una y otra vez por sus violaciones sistemáticas a la Carta de los Derechos Humanos.

El oportunismo proviene del interés de estos mandatarios de medrar al amparo del chorro de dólares y petróleo fiado con que Chávez premia a quienes se suman a sus delirantes posiciones y les secundan. La inmoralidad es hacer algo así como nombrar al ladrón jefe de la policía, al asesino juez y al violador director del colegio de niñas. Suelen los gobernantes latinoamericanos jugar a incordiar al gobierno norteamericano, en una acción que les sustrae a la responsabilidad propia por el atraso de sus naciones. El culpar al “imperialismo” norteamericano (sin exculparle sus disparates, abusos y malas acciones, que las tienen) de nuestros desvaríos, despilfarros, desenfoques y entreguismo, fue y sigue siendo un acto inmaduro, desquiciado e irresponsable.

Así, el gobierno norteamericano de turno es un chivo expiatorio conveniente para cargar con cualquier culpa. Y los inmejorables líderes en este tipo de conducta son los Castro. Han vivido tildando de “bloqueo” un embargo, que es, por otro lado, un derecho que tiene un Estado de no realizar intercambios comerciales con otro. ¿No lo hizo Chávez con Colombia? Todos los erráticos resultados de la incompetencia de los Castro, pese a los fabulosos subsidios soviéticos y al haber heredado una de las economías más prósperas en Latino América en 1959, misma que han hundido y pulverizado con inclemencia, tienen un chivo expiatorio a quien cargar con la responsabilidad: el “imperialismo” norteamericano.

De inmediato, en un ejercicio modélico de neohabla, los servidores de la dictadura dentro de la isla se regocijaron declarando que esa designación era "una clara confirmación de respeto al comprometido y activo desempeño de nuestro país en defensa de la verdad y la justicia". ¡Cosa más grande, caballero!

Porque resulta que, hasta una remodelación de dicho organismo ocurrida en el 2006, la dictadura militar de los Castro era frecuentemente señalada y condenada en dicho Comité por sus reiteradas violaciones a los derechos humanos. Y un par de semanas previas a su elección, los Castro negaron el ingreso de un relator de esa misma comisión con el encargo de investigar la situación de los derechos humanos en la isla.

El personero de los Castro en el organismo, Rodolfo Reyes Rodríguez, asumió la vicepresidencia del Consejo, con la defensa elogiosa del personero de Chávez, Germán Mundaraín Hernández, quien señaló que, entre los méritos de Reyes Rodríguez, estaba su solidaridad con la causa de los más necesitados, que dada la situación de calamidad de la economía cubana y la ineficiencia de los Castro, deberemos entender como “solidaridad con la causa de los Castro”, no más de ahí.

Lamentable es que países como México, Perú y Costa Rica se sumaran a una iniciativa inmoral. Esa carencia de respeto a principios, valores y conceptos morales, ese imperio del relativismo y del “na´e´na´”, del todo vale, es una derrota de la democracia y los derechos humanos para el continente y el mundo.

No importa cuánto se ufanen los Castro de este sinsentido. Y menos que proclamen, orondos, que esta decisión endosa su política inhumana y antidemocrática. Su dictadura sigue siendo la única lacra que pervive de las tiranías militares que asolaron la región. Su inepto desempeño, la demostración de que el modelo económico y político que proclaman es un fracaso. Sus resultados, un calvario insoportable en que languidece y malvive el pueblo cubano.

Este tipo de sinsentido, de disparate, con los Castro no es nuevo. Fidel es el secreto héroe o modelo de muchos políticos latinoamericanos que querrían imitarlo en ese afán mezquino de centralizar y aferrarse al poder, sin importarle la opinión de nadie. Que haya descalabrado a Cuba poco les importa. Total, él no lo siente: puede tomar un yate e ir a pescar langosta con García Márquez, pues maneja Cuba como su finca personal, y a los cubanos como esclavos solícitos para sus aventuras y dislates.

Un ejemplo anterior fue el de 1979, cuando fue electo nada menos que presidente de la Conferencia de Naciones No Alineadas. Él, precisamente él, alineado hasta los tuétanos con el feroz imperialismo soviético, iba a representar a las naciones que no estaban vinculadas a los dos grandes bloques políticos: el occidental, encabezado por Estados Unidos y las naciones de la OTAN, y el soviético, encabezado por la URSS. Así, aquel intento de unir las sardinas para conversar con los tiburones políticos terminó por quedar engullido por el peor de los dos tiburones con la anuencia de los forjadores originales del movimiento.

Como tanto gusta en las tiranías, la elección fue… ¡por aclamación! Eso permite observar quién se salta el guión y desentona. Y es que hay frases que las tiranías aman: decisión unánime, aclamación popular, son algunas de ellas.

Esta insensata decisión revela la inoperancia de organismos minados por representantes de regímenes autoritarios, totalitarios y corruptos, que desvirtúan el sentido y objetivo de dichas instituciones. Sólo risa puede dar el encargar a un personero de la única dictadura militar sobreviviente en América Latina para que “promueva el respeto a los derechos humanos”, cuando esa misma dictadura fue merecidamente denunciada una y otra vez por sus repetidas violaciones de esos mismos derechos.

A un troglodita general dominicano, Belisario Peguero, a quien se le asignó la jefatura de la Policía Nacional, se le ocurrió enganchar a conocidos ladrones a la misma, con la idea de que no hay cuña peor que la del mismo palo. Así que Belisario dio autoridad, arma y poder a gente que ya había probado la vía fácil de despojar a otros de lo suyo, en vez de producirlo. Desde ese tiempo hasta ahora tienen que estar constantemente echando gente de la PN y no hay banda en que no estén uno o dos policías o militares envueltos.

Sin dudas, una “lógica” igual es la que originó esta desquiciada elección. Sólo Cuba y Venezuela tienen presos políticos ahora mismo en América. Son las dos feas manchas del continente. Afortunadamente, el tiempo a ambos regímenes se les acaba. En Venezuela el escándalo de más de 100 toneladas de alimentos podridos muestra la peor de las incompetencias. Más de 2,000 millones de dólares perdidos y todo igual (salvo que en un acto de inmoralidad e inhumanidad, intentaron donar alimentos dañados al pueblo haitiano, una forma de disimular la ineptitud y agravar el padecimiento de nuestro vecino país). En Cuba, el tiempo está en cuenta regresiva para la oprobiosa y mediocre tiranía de los Castro, cuya caída es inevitable, para fortuna del pueblo cubano.

Mientras, cantemos con Celia: “No, no hay que llorar, que la vida es un carnaval”. Y el Consejo de Derechos Humanos de la ONU también.
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